domingo, 14 de febrero de 2010

Desde la Editorial


He pensado, cosa que no ha sido fácil, las razones por las cuales una mujer o un hombre, decide unir su vida a otra persona que no conoce, por mucho que crea hacerlo, que no es de su familia, aunque lo quiera casi como si lo fuera, que le quitará la mitad de su cama y en la mayoría de las veces la totalidad de sus sábanas y aunque esa acción, vista así, tiene atisbos de locura, son infinidad las personas que terminan bajo ese régimen.

¿Que será aquello que nos impulsa a vivir en ese estado? ¿El amor? ¿Los placeres carnales? ¿Un imprevisto embarazo? yo creo, Claudia, que es esa sonrisa que esboza con todos sus dientes. Te amo. Creo que no hay mucho que decir, tampoco creo que pudiera describir la totalidad de ese sentimiento, tan es así que miles de poetas lo han descrito en miles de formas cada uno y yo, este pobre yo ¿Qué puede decirle sino estas cinco letras que se atropellan unas a otras en mi pecho? ¿Qué puede abundar mi voz sobre este tema? ¿De qué manera, cuántas y cuáles, podré decirle que la amo? ¿Que aquí, bajo este pecho, cobijo un pequeño yo que galopa a su encuentro cada vez que la tiene cerca? ¿Cómo decirle, qué palabras y en que orden, para que vea esto que yo entiendo por amor? ¿Al final la cosa será tan simple como decirle que la amo? ¿Con eso basta? Y... ¿y si no basta?

Querida Claudia, soy yo como esos niños revolcándose en la tierra o chapoteando en los charcos después de un día lluvioso, feliz a su lado y espero que eso baste para que sepa cuánto la amo.

Desde ya un beso.

Con grandes aspiraciones.

Sólo quiero ser un viejo decrépito, rabo verde y borracho, como Buk.